Continué visitando a Soledad, cada vez con mayor frecuencia y fuimos compartiendo muchas noches a la orilla del mar, en las que nos hundimos en largos debates sociológicos y culturales. Devoré todos los libros que me prestaba con un apetito voraz. Luego hablábamos horas sobre tal o cual personaje, opinábamos y discutíamos cada acción/decisión del mismo, planteábamos diferentes escenarios posibles para determinados conflictos que pudieran o no, desembocar en finales alternativos. Ella aportaba todo su bagaje literario y cultural absorbido durante años de lectura y aprendizaje y yo, el desconocimiento y la inocencia de un recién nacido maravillado por el descubrimiento de un nuevo lenguaje, de un universo inédito y desconocido. Así, cuando ella señalaba un concepto fundado en siglos de cultura humana transmitida a través de instituciones educativas orientadas específicamente hacia algún fin predeterminado, yo remarcaba una visión virgen y fresca, libre de la contaminación académica y corporativa, causando un descomunal choque pedagógico y filosófico que enriquecía a cada una aportando lo que en mi caso faltaba y en el suyo estaba enterrado por la maquinaria social.
Como consecuencia, nació y creció entre nosotras un profundo lazo de amistad intelectual que procurábamos alimentar diariamente. Ambas proponíamos cenas, paseos y cualquier actividad que justificara nuestro encuentro.
La impresión inicial que me causó semanas atrás al sorprenderme en la playa, se reforzó e incrementó de tal manera que fui descubriendo sensaciones ocultas en la profundidad de mi ser. En cada ocasión previa a verla, me invadía una intensa excitación que se manifestaba a través del incremento de mis palpitaciones y de un anormal estado de ansiedad.
Comenzamos la lectura compartida de la bellísima obra de Julio Cortázar, Rayuela. Cada noche nos sentábamos en la arena y leíamos alternadamente y en voz alta el atrapante laberinto creado por el cronopio franco-argentino. Me maravillé con sus descripciones, con sus personajes, con sus mágicos planteos, con sus increíbles paisajes parisinos, con sus atmósferas rioplatenses, pero sobre todo me sentí sobrecogida con el clima que me transmitían sus palabras pronunciadas por la dulce voz de Soledad. La intimidad creada en nuestras lecto-ceremonias (permitanme la expresión) fue aumentando noche tras noche hasta que al llegar al clímax en el capítulo 68:
- Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios.
El idioma gíglico creado por Cortázar para describir el encuentro sexual entre dos amantes, cargado de un erotismo olvidado por mi endeble memoria, empezó a quemarme y provocó que un torrente de lujuria se apoderada de mis sentidos.
- Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa.
Seguramente Soledad, quien ya había demostrado una profunda capacidad de observación, percibió mi inusual estado y endulzando aún más su voz e inculcándole una sensualidad inusitada, se fue acercando hasta estar a centímetros de mi boca. Sentí un fortísimo deseo de besarla y apenas pude contener mi impulso, pero inmediatamente después de mi pensamiento, ella concluyó la lectura
- ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
y al mismo tiempo que dejaba caer el libro sobre la arena, se abalanzó decidida sobre mí, posando sus labios sobre los míos y provocándome una descarga eléctrica interna que jamás había sentido (o por lo menos no recordaba haberlo hecho).

