25 de septiembre de 2009

Capítulo 68


Continué visitando a Soledad, cada vez con mayor frecuencia y fuimos compartiendo muchas noches a la orilla del mar, en las que nos hundimos en largos debates sociológicos y culturales. Devoré todos los libros que me prestaba con un apetito voraz. Luego hablábamos horas sobre tal o cual personaje, opinábamos y discutíamos cada acción/decisión del mismo, planteábamos diferentes escenarios posibles para determinados conflictos que pudieran o no, desembocar en finales alternativos. Ella aportaba todo su bagaje literario y cultural absorbido durante años de lectura y aprendizaje y yo, el desconocimiento y la inocencia de un recién nacido maravillado por el descubrimiento de un nuevo lenguaje, de un universo inédito y desconocido. Así, cuando ella señalaba un concepto fundado en siglos de cultura humana transmitida a través de instituciones educativas orientadas específicamente hacia algún fin predeterminado, yo remarcaba una visión virgen y fresca, libre de la contaminación académica y corporativa, causando un descomunal choque pedagógico y filosófico que enriquecía a cada una aportando lo que en mi caso faltaba y en el suyo estaba enterrado por la maquinaria social.

Como consecuencia, nació y creció entre nosotras un profundo lazo de amistad intelectual que procurábamos alimentar diariamente. Ambas proponíamos cenas, paseos y cualquier actividad que justificara nuestro encuentro.

La impresión inicial que me causó semanas atrás al sorprenderme en la playa, se reforzó e incrementó de tal manera que fui descubriendo sensaciones ocultas en la profundidad de mi ser. En cada ocasión previa a verla, me invadía una intensa excitación que se manifestaba a través del incremento de mis palpitaciones y de un anormal estado de ansiedad.

Comenzamos la lectura compartida de la bellísima obra de Julio Cortázar, Rayuela. Cada noche nos sentábamos en la arena y leíamos alternadamente y en voz alta el atrapante laberinto creado por el cronopio franco-argentino. Me maravillé con sus descripciones, con sus personajes, con sus mágicos planteos, con sus increíbles paisajes parisinos, con sus atmósferas rioplatenses, pero sobre todo me sentí sobrecogida con el clima que me transmitían sus palabras pronunciadas por la dulce voz de Soledad. La intimidad creada en nuestras lecto-ceremonias (permitanme la expresión) fue aumentando noche tras noche hasta que al llegar al clímax en el capítulo 68:

- Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios.

El idioma gíglico creado por Cortázar para describir el encuentro sexual entre dos amantes, cargado de un erotismo olvidado por mi endeble memoria, empezó a quemarme y provocó que un torrente de lujuria se apoderada de mis sentidos.

- Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa.

Seguramente Soledad, quien ya había demostrado una profunda capacidad de observación, percibió mi inusual estado y endulzando aún más su voz e inculcándole una sensualidad inusitada, se fue acercando hasta estar a centímetros de mi boca. Sentí un fortísimo deseo de besarla y apenas pude contener mi impulso, pero inmediatamente después de mi pensamiento, ella concluyó la lectura

- ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.

y al mismo tiempo que dejaba caer el libro sobre la arena, se abalanzó decidida sobre mí, posando sus labios sobre los míos y provocándome una descarga eléctrica interna que jamás había sentido (o por lo menos no recordaba haberlo hecho).

18 de septiembre de 2009

Tazas de té chino


La aparición de Soledad me dejó entre sorprendida y anonadada. Cruzamos pocas palabras, pero suficientes para que causaran en mí una profunda impresión. Me quedé un rato más recostada en la arena, pensando en lo que acababa de suceder.

En el casi año que había transcurrido desde mi accidente, apenas me había detenido a pensar en mi persona en relación a los otros. Si era interesante o inteligente, o si algo de mí destacaba ante la vista de los demás, nunca me interesó, sólo tuve tiempo para observarme a mí misma, primero ocupada en odiarme por lo que me había pasado, luego buscando un camino hacia mis recuerdos olvidados y ahora encerrándome en la mayor soledad posible. Ni siquiera la presencia de Marcelo me había hecho salir de mi auto-encierro, no me interesaba más que mi propia opinión de mí misma.

Pero ahora, una desconocida, tomándome desprotegida y por sorpresa, había logrado sacarme de ese lugar. Notaba en mí algo distinto, sus palabras me importaban, me hacían sentir bien. Una sensación sumamente agradable surgió en mi interior.

Al día siguiente, su invitación a visitarla todavía resonaba en mis oídos, pero no sabía como actuar en consecuencia. Pensaba que si iba ese mismo día iba a dar la impresión de estar desesperada por hablar con alguien y ser una molestia, pero si dejaba pasar mucho tiempo parecería una desinteresada. Quedé trabada en mis indecisiones, incapaz de tomar la iniciativa.

Frustrada, pensé en salir cada noche en la misma dirección que el día del encuentro y así provocar otro tropiezo “casual”. Lo intenté tres o cuatro veces y fracasé en cada ocasión, mientras tanto mi ansiedad por verla crecía y me turbaba. No entendía bien que sucedía conmigo.

Finalmente, opté por lo más simple (algo que seguramente debería haber hecho desde un principio) y juntando coraje fui hacia su casa.

Llegué cuando el sol estaba a punto de desaparecer por completo. No fue difícil encontrar su hogar, ya que era la única construcción en varios metros a la redonda. Era una vivienda simple pero muy agradable y cómoda. Ella estaba sentada en el umbral, leyendo un libro.

Al verme llegar, sonrió y me dijo:


-Hola, pensé que no ibas a venir nunca!


No pude disimular un creciente rubor en mis mejillas fruto de una timidez desconocida.

-Es que estuve ocupada y no pude venir antes –mentí.
-No importa, no te lo dije a modo de reproche, es que tenía ganas de verte y los días pasaban muy lentamente.
-Perdoname.
-Basta, basta, no hay nada que perdonar. Vení, pasemos. Querés comer algo, tomar tal vez?
-No, no, no quiero molestarte.
-Dejate de pavadas, te dije que tenía muchas ganas de verte así que es obvio que no me molestás en lo más mínimo, al contrario. Entonces dejá de disculparte por todo y sentite completamente libre de ser y decir lo que quieras. Te pregunto de nuevo, querés algo?
-Bueno, un té? Algo así?
-Ja ja, dale un té.


Entramos, Soledad fue a preparar el té y yo me senté en un sillón frente a un ventanal contemplando el mar (su casa era bastante más grande que la mía).


-Qué estabas leyendo? –le pregunté.
-Un libro nuevo que me costó bastante conseguir, es de un escritor japonés.
-Y cómo se llama?
-“Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” de Haruki Murakami. Yo soy escritora y hace un tiempo un amigo me hizo llegar otra novela suya que se llama Tokio Blues, me encantó y me hizo descubrir una literatura completamente diferente. Obviamente me apasioné y empecé a devorar todo lo que podía caer en mis manos, proveniente de esta maravillosa cultura. Pude leer a Mishima, Yoshimoto y Kawabata, pero lamentablemente es bastante difícil conseguir sus libros, la mayoría los tuve que traer de afuera, pero cada palabra escrita por ellos vale el esfuerzo. Creo que tengo alguno por acá, a ver…

Salió de mi campo visual en dirección a otra habitación y regresó con otro libro en sus manos.

-Tomá –me dijo- este es Kitchen de Banana Yoshimoto, léelo que es hermoso y además es una excelente introducción al universo literario japonés, si te gusta después puedo prestarte otros.
-Gracias –respondí un poco apabullada ante tanta información.


Así comenzó, tal como me había anticipado Soledad, mi descubrimiento de la apasionante cultura oriental.

11 de septiembre de 2009

I already know you



Un anochecer, salí a caminar por la playa. Transité la sinuosa orilla dejando que el ir y venir del agua marítima salpicara mis pies, hasta que llegué a un inmenso sector en el que no se divisaban ni médanos ni arbustos, sólo la arena inagotable. Me instalé para apreciar la ilimitada visión del oscuro océano, tenuamente iluminado por mi homónimo satélite. Cerré mis ojos y me recosté.

Me encontraba viajando por mi torbellino cerebral en el momento en que de repente una voz desconocida me arrastró a la realidad.

-Hola –me dijo una mujer parada frente a mí- perdoname si te asusté, no era mi intención y no me di cuenta que estabas tan ensimismada en tus reflexiones.
-No hay problema –contesté mientras trataba de disminuir la velocidad de mis aterradas pulsaciones.
-Yo vivo unos metros más allá, atrás del médano y suelo salir a dar una vuelta por la playa a esta hora, jamás encuentro a nadie y me sorprendió verte, por eso te molesté, espero que me disculpes.
-No, no hay nada que disculpar, hiciste bien, yo también salgo por la noche a caminar pero habitualmente no me alejo demasiado y en general tomo otra dirección, quizás por eso nunca nos habíamos visto.
-Seguramente, te molesta que me siente?
-Para nada.

Vestía una larga pollera y un suéter de lana. Llevaba un cuaderno en sus manos y al sentarse dobló sus largas piernas apoyándolo sobre sus rodillas.

-Hoy está más oscuro que de costumbre, la luna casi no ilumina –me dijo mientras miraba el horizonte.
-Sí, yo también lo noté. Además el mar está más revuelto y parece que estuviera agitándose sobre sus entrañas como queriendo devorar cualquier intruso que osara violar su intimidad.
-Ja ja ja –rió con ganas mientras me miraba asombrada- me encantó!! Que definición tan maravillosa.
-Gracias –dije tímidamente- fue lo primero que observé al llegar.
-Sos muy observadora entonces.
-Puede ser.
-Hace mucho que vivís acá?
-No, llegué hace unas semanas.
-Ah y dónde queda tu casa?
-A unos 800 metros para allá –contesté mientras señalaba el camino hacia mi hogar- y a un par de cuadras de la playa.
-Y te gusta el lugar?
-Sí, me fascina.
-Suele producir ese efecto en la gente interesante.
-Qué? Porqué en la gente interesante?
-Por interesante, me refiero a los que tienen una capacidad de observación más allá de la media, como me demostraste antes. Capacidad que revela un espíritu apasionado y anhelante de nuevas experiencias, que siempre está alerta a absorber los conocimientos del mundo que los rodea.
-Y cómo sabés todo eso? –le pregunté pasmada.
-Créeme, lo sé –me respondió categóricamente, creando en mí la suave sensación de haber encontrado a alguien que me conocía más de lo que yo misma había logrado durante todo este lapso que recorrí torpemente entre especialistas de la memoria y viajes relámpago a mi mundo interior.
-Soy Soledad, y cuando quieras vení a visitarme. Como ya te dije mi casa está allá, es la única así que no te vas a confundir. Te espero –dijo a modo de despedida mientras se incorporaba y rápidamente se alejó hasta desaparecer detrás del médano que escondía su hogar.

3 de septiembre de 2009

Llega, llegó soledad


Los primeros días transcurrieron con total quietud y serenidad.
Limité mi subsistencia en aquel sitio, a las mínimas e imprescindibles visitas al almacén del barrio, las suficientes para atiborrarme de una considerable cantidad de provisiones como para prolongar al tope mi suprema clausura.
Extendí mi solitario hábito y prolongué mis repetidas ceremonias nocturnas. Las semanas pasaron despaciosamente y me fui enamorando del despoblado paraje. Me sentía feliz por primera vez, o al menos era la primera ocasión dichosa que recordaba.
Pero sin quererlo ni provocarlo, dejé de estar sola.

Banda de sonido: Llega, llegó soledad - Alejandro Sanz

1 de septiembre de 2009

Fusión


Recobré la conciencia activa y entendí, que como siempre, había perdido la noción temporal. La noche se alzaba en su esplendor sobre mi cabeza. Ya no lloviznaba. Incluso, las oscuras nubes habían cedido paso a un firmamento diáfano poblado de infinitas estrellas dominadas por una redonda y perfecta luna llena.
Me impresionó su enorme tamaño y pensé que si estiraba al máximo el largo de mi brazo y cada uno de mis finos dedos alcanzaría a tocarla. Su luminiscencia era aún más blanca que en mi departamento y me cubría por completo dándome una apariencia fantasmal.
Fantaseé con lo que podría pensar algún lugareño si pasara por la calle y contemplara a una joven de aspecto infantil, largo y lacio pelo negro, tan oscuro que contrastaba intensamente con una piel tersa y cristalina, cuya palidez -intensificada al límite por el efecto del baño lunar- transformaba su aspecto otorgándole una transparencia aterradora, creando así una magnífica ilusión espectral.
Imaginé a mi yo actual poniéndose de pie y separándose de mi cuerpo hueco para alejarse unos metros y poder observar a aquella inerte niña/mujer conformada en su totalidad por el vacío de una existencia borrada de golpe por el desprejuiciado e imprudente destino.
En el mismo instante en que giraba para mirarla, una poderosa corriente salió disparada de la débil figura y se dirigió directamente hacia mí, impactando con toda su fuerza en mi pecho y causándome un estremecimiento tan grande que paralizó cada molécula de mi alma. Estuve tratando de recuperarme del shock durante un interminable lapso y cuando al fin lo logré, posé la mirada en mi otro yo.
Lo que ví entonces me causó tanta tristeza que tuve que hacer un gran esfuerzo para no largarme a llorar eternamente.
Sin embargo, a medida que fui calmándome, un piadoso sentimiento para con la inválida y desprotegida muchacha nació dentro mío. Me acerqué con mucho cuidado, el deseo de reconciliarme con ella crecía velozmente en mi interior. Me agaché a pocos centímetros de mi propia y extraña imagen, tan cerca que casi podíamos volver a fundirnos en la única persona que nunca deberíamos haber dejado de ser.
Con esta certeza recién adquirida, pude incorporar la idea de una pacificación entre ambas, y tal noción me reconfortó plenamente. Y en esa novedosa premonición de una futura unión que implicaba también la reconciliación con mi antiguo ayer, concilié el más profundo sueño.


Banda de sonido: Fusión - Jorge Drexler